Levantamos cuidadosamente la zona con espátulas finas, limpiamos polvo viejo de cola y reencolamos con cola caliente o adhesivo reversible, usando papel kraft y plancha tibia para asentar. Donde falta material, injertamos chapa de misma especie y dirección de veta. Igualamos tono con tintes transparentes, sin saturar. Al final, una capa ligera de goma laca unifica el brillo. La clave es que el parche desaparezca a simple vista, pero no niegue la historia.
Estudiamos el patrón, marcamos con cuchilla y creamos una plantilla exacta. Cortamos el injerto ligeramente sobredimensionado y lo ajustamos hasta que encaje sin forzar. Sombreado sutil con arena caliente puede recrear volúmenes, siempre con prudencia. Pegamos con presión pareja, limpiamos excedentes y nivelamos con raspador afilado, evitando lijados agresivos. El color se corrige con veladuras, buscando continuidad visual. La meta es recuperar ritmo y musicalidad sin homogeneizar la pieza.
Cuando una pata torneada se fractura, evaluamos si una espiga interna de madera y adhesivo reversible devuelve firmeza. Si falta un segmento, torneamos réplica en especie y perfil idénticos, guiándonos por la hermana sana. Uniones a tope se refuerzan con manguitos discretos. Igualamos la superficie con cuchilla, no con lijado excesivo que borra aristas. El acabado se integra con tintes transparentes y capas finas, de modo que la continuidad se sienta natural al tacto.